LA ESTUPIDEZ FUNCIONAL
24 enero, 2022
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En un reciente ensayo, Dan Lyons, cuenta su experiencia personal en una startup y su opinión de cómo las recompensas superficiales (futbolines, salas para la siesta, chucherías, etc…), un liderazgo mesiánico de creencias transformadoras (aunque no estén contrastadas), más la necesidad humana de ser uno de los elegidos que propiciarán esa transformación, suplían los bajos salarios y, en cierta manera, están creando sectas.

La lectura de su reseña me recordó un artículo de Mats Alvesson y André Spicer en el que nos ilustran sobre lo que llaman estupidez funcional, una forma de gestión –absolutamente vigente, aunque prefiera negarse–, que consiste en promover la ausencia de justificación y de explicación respecto de las decisiones tomadas, eliminando toda reflexividad y obviando los razonamientos de fondo. Es ese liderazgo (quizás no se deba calificar como tal), que anima a sus seguidores a asumir creencias limitadas y estrechas, a que no reflexionen mucho ni hagan preguntas (vaya eso llevar a pensar acerca de la razón de ser de sus acciones), y que se ejerce basándose en la persuasión, lo que implica cierta dosis de manipulación, control de la comunicación, ejercicios de poder y del orgullo identitario (la marca por encima de todo).

Y, a pesar de que, en el corto plazo, este adocenamiento facilita que las organizaciones sean más operativas y funcionen mejor en el día a día, en el medio y largo plazo, se produce un perjuicio, ya que las personas se concentran en sus tareas y pierden la perspectiva global de la organización, y ni identifican los problemas internos ni se implican en su corrección, al no entenderlos como propios.

Una reflexión final. Mientras se recomienda continuamente a los jóvenes, y menos jóvenes, a construir su capital intelectual, y machaconamente hablamos de la sociedad del conocimiento y del talento, lo que debe conllevar desarrollo de pensamiento propio y crítico, cómo, entonces, las organizaciones –y los gobiernos–, fomentan esa estupidez funcional que limita y frena el progreso. Estemos alerta porque cuando las personas comenzamos a ignorar nuestras contradicciones, a no razonar y reflexionar nuestros pensamientos, a no formularnos preguntas y perder nuestro sentido crítico, estamos inmersos en el absoluto pasotismo, del que, más pronto que tarde, nos arrepentiremos.

Antonio Guerrero

 

 

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