Cambio horario

El próximo fin de semana volveremos a cambiar la hora para adaptarnos al horario de invierno que desde la UE se lleva realizando hace muchos años. Sin entrar a cuestionar la utilidad de este cambio horario a final de octubre y de abril para el ahorro energético, sobre esto hay opiniones mucho más documentadas y para todos los gustos, si me gustaría comentar la iniciativa que lleva años intentado la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles de volver al huso horario que nos corresponde geográficamente, que no es otro que el del Meridiano de Greenwich, es decir, la misma hora que disfrutan nuestros vecinos portugueses y las islas británicas.

Las razones históricas de este cambio se fundamentan en la adaptación de nuestra hora a la alemana durante la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, una vez terminada ésta no volvimos a nuestra hora real. Las necesidades de pluriempleo en la posguerra fomentó un trabajo de mañana y otro de tarde, lo que daba motivo para que los días fuesen más largos y a la jornada partida “española”, que ha producido a larga, según algunas argumentaciones, una cultura del trabajo poco eficiente, más enfocada a la presencia en el puesto de trabajo (el conocido calentar la silla) y menos a la productividad, lo contrario, según los datos, que nuestros vecinos del norte de Europa.

Si sólo fuese cuestión de horario la causa de nuestra baja productividad, la solución sería muy fácil, con recuperar nuestro huso horario geográfico sería suficiente. Obviamente ésta medida, la cuál me parece acertada a la vez que arriesgada, debería ir acompañada de otras que implicarán no sólo un cambio en los horarios laborales, sino también cambios culturales y de costumbres. Sólo acabar con las jornadas partidas sin hacerlo con el presencialismo no dará resultado, para ello, entre otras cosas, además de aceptar que es más importante la eficiencia del trabajo aunque te vayas a las 6 de la tarde, requerirá una mejor gestión de nuestras empresas, con objetivos claros, tareas definidas, y desarrollar confianza en los trabajadores, en su responsabilidad y profesionalidad, confianza que por otra parte, se puede monitorear mucho mejor gracias a las nuevas tecnologías. También serán necesarios algunos cambios de costumbres, como eso de irnos a la cama después de las 12 de la noche, a esos almuerzos pantagruélicos que, además de su tiempo, no facilitan la concentración para seguir trabajando.

Esta iniciativa, que ya ha tenido cabida en una subcomisión del Congreso, necesitará de un clara determinación política que legisle e incentive las nuevas formas; de una gran pedagogía que no sólo proyecte datos económicos (como los estudios que elaboran diferentes instituciones, –la OCDE, el IESE, etc..– según las cuales en las jornadas intensivas el trabajador se concentra más, produciendo un 19% más de media, y reduciéndose el absentismo en torno al 30%), sino que además resalte el mayor tiempo que tendremos para asuntos personales y familiares, reduciéndose el estrés y mejorando nuestra felicidad.

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