Respeto
31 marzo, 2019
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Cuando analizamos la competitividad de un sector solemos acudir al modelo que allá por los años ochenta popularizó el profesor de Harvard, Michael Porter, conocido como “Las Cinco Fuerzas de Porter”. Uno de los factores que considera el modelo es la intensidad competitiva, que viene marcada por la mayor o menor rivalidad entre los competidores, en la que influyen varios aspectos, algunos externos como el tamaño del mercado o el ritmo del crecimiento, y otros, propios de cada empresa, cómo la capacidad de innovación o la diferenciación. Otro factor es la amenaza a que entren nuevos competidores, que será mayor si el sector es atractivo, es decir, si hay negocio, bien por razones externas como las comentadas anteriormente, o porque detectan que existen clientes insatisfechos, que no ven cubiertas sus necesidades, lo que pasará si las empresas del sector dejan de escuchar al cliente y anticiparse a la evolución natural de todo sector.

Hay tres factores más: los productos sustitutivos, aquellos que satisfacen las mismas necesidades, y el poder negociador de clientes y proveedores, que no es más que las capacidades que tengan de imponer sus condiciones en las transacciones que se realicen, de manera que a mayor poder de negociación el atractivo del sector disminuye ya que la competitividad se ve lastrada.

La situación política actual me ha recordado el modelo comentado, pues me da la sensación que la rivalidad está pasando de ser un duelo a primera sangre a la aniquilación del adversario. Seguramente hay motivos. El sector pierde clientes, pues las participaciones en los procesos electorales disminuyen comicio a comicio. Las necesidades de los clientes han cambiado al mismo tiempo que se han ido cubriendo y, en consecuencia, renovándolas y dando aquellas como elementales. Los clientes van ganando en insatisfacciones, pierden la confianza y, por tanto, su fidelidad, lo que provoca que los segmentos claros de izquierda y derecha se diluyan, produciéndose trasvases, antes considerados contranatura, ahora posiblemente normales en la nueva sociedad del siglo XXI, con estructuras sociales, valores, costumbres, necesidades, comportamientos y formas de relacionarse tan distintas. Además, la diferenciación entre partidos se ha ido perdiendo, desde por sus comportamientos (la tan escuchada frase de “todos son iguales” puede ser una muestra), a las políticas económicas y fiscales. Este panorama ha dado entrada a nuevos competidores que, predicando nuevas formas y llegando a los sentimientos más primarios, se van haciendo un hueco en el mercado.

Pero la cuestión ya no es por qué se ha llegado hasta aquí, sino que van a hacer para solucionarlo. No tengo la solución, pero una cosa si tengo clara, mientras que no exista respeto entre ellos, mientras que no respeten las ideas del otro, mientras no dejen de sentirse superiores intelectual y éticamente a sus competidores la rivalidad irá en aumento, el lodazal salpicará a todos y la lucha se convertirá en guerra, y ya sabemos que entonces perdemos todos. Estamos perdiendo todos.

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