Dar la cara
31 marzo, 2019
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Desde hace ya algún tiempo se ha convertido casi en habitual que protagonistas de hechos que tienen graves consecuencias no asuman, ni por asomo, la mínima responsabilidad que deberían dado el resultado de sus acciones. No es que aboguemos por un radical “quien la hace la paga”, todo lo contrario, eso llevaría a que las personas no se atrevieran a tomar decisiones, y no sólo aquellas que implicasen un riesgo, ni siquiera las creativas o innovadoras, pero como en todo en el término medio está la virtud.

Hace tiempo escuchaba al filósofo José Antonio Marina decir que una de las cosas que estaba haciendo mucho daño a nuestra sociedad era el cambio de jerarquía del concepto responsabilidad a favor de motivación, pues la ausencia de esta última se ha convertido en la justificación para la inacción, la dejadez y la justificación de errores sin asumir responsabilidades, ya que estos vienen por esa falta de motivación. Así, entre el auge del concepto motivación y otras razones argumentadas por diferentes pensadores como esa relativa inmadurez de la sociedad actual, ha llevado a tal devaluación el sentido de la responsabilidad que este parece se ha perdido en muchas esferas sociales.

Recordaba estas palabras a cuenta de algunas declaraciones de políticos en el juicio del procésque, por razones de su cargo, deberían conocer de primera mano las actuaciones, aunque se dejasen asesorar por profesionales. No obstante, de sus palabras parecía que sólo pasaban por allí. Por supuesto, no ha sido el único caso, en la esfera empresarial en los últimos años hemos conocido varios episodios de directivos que después de llevar a sus empresas al caos, provocar enormes pérdidas a sus accionistas y dolor en sus empleados, no asumían su responsabilidad y se marchaban sin atisbo de contrición y con millonarias indemnizaciones.

¿Por qué pasa esto? Entre otras cosas porque los valores cotizan a la baja, porque no pasa nada y la reprobación social se queda en el comentario de bar y no hay más secuela, porque no somos consecuentes entre lo que “rajamos” y lo que hacemos. Sin embargo, nos enfrentamos como sociedad a grandes retos como el envejecimiento de la población, la inseguridad del sistema de pensiones, la desigualdad creciente, la desaparición de muchos puestos de trabajo y la transformación de las relaciones laborales, el cambio climático y la insostenibilidad de este modelo de crecimiento. Estos retos requieren, para acometerlos con ciertas garantías, líderes responsables, que actúen con determinación, que resuelvan problemas, que favorezcan una convivencia de respeto, que asuman sus errores y los reconozcan, que miren al futuro, y que tengan valores y los mantengan, que digan la verdad y que den la cara cuando las cosas se ponen difíciles.

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