Chernobyl
23 junio, 2019
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Si no han visto la serie sobre el desastre nuclear de Chernobyl me permito recomendarla, es corta, sólo cinco capítulos, y aunque el final ya lo sabemos creo que merece la pena verla para conocer qué paso, cómo se desarrollaron los acontecimientos y por qué ocurrió. Evidentemente no deja de ser una ficción basada en hechos reales, es decir, que no está exenta de cierta subjetividad, exageración, imprecisión, benevolencia o moderación.

La principal causa, desde mi punto de vista, fue la organización y funcionamiento del estado soviético, con esa lucha entre el Soviet Supremo y el Partido Comunista con su Comité Central y su Politburó, una especie de comité de dirección, y la KGB con su política del terror, influyendo en las acciones y omisiones de cualquier persona con cierta responsabilidad, que actuaban más por miedo y para satisfacer a las jerarquías que con diligencia y profesionalidad. Este tipo de modelos conlleva, entre otros efectos, que no mande el más competente, sino el más dúctil y flexible, el menos honesto, el más ansioso de cargo o de postureo, el más mediocre, que suple sus carencias con agresividad y falta de escrúpulos, el más trepa. Un auténtico alarde de todo lo contrario a la meritocracia.

Con esta descripción es normal que en este tipo de organizaciones se produzcan alarmantes hechos de pura incompetencia. Todo lo narrado en la referida serie, fue un cúmulo de ineptitudes tapadas por una enorme autocomplacencia que les hacía tener una visión de sí mismo muy lejos de la realidad, muy lejos de su verdadero potencial y capacidad como nación, les hacía sobrevalorarse y excesivamente transigentes a ciertos comportamientos, lo que aparejaba, además, una reacción lenta y poco lúcida.

Esas incapacidades también se tapaban con la soberbia expresada en la cólera al dirigirse a los subordinados, con insultos y acciones destempladas, con amenazas y agresividad desmedida. Obviamente, si los que te rodean te perciben de esa manera nunca te hablarán con franqueza, pero es precisamente lo que se busca para no enseñar las carencias. La imposibilidad de reconocer un error, aunque te lo digan y muestren, aunque te lo adviertan y avisen, es otra forma de cubrir incompetencias. Cuando los egos son mediocres se fortalecen en el sostenella y no enmendalla. También la grandilocuencia en lo que se quiere ser y se creen que son, mostrando una la alarmante ausencia de coherencia entre lo que de verdad son y los recursos disponibles para serlo.

Evidentemente cualquier comparación es odiosa, pero sirva este ejemplo para autoanalizar nuestras organizaciones, y lo peligroso que es tener departamentos enfrentados entre sí, primar más al dócil que al competente, tener una cultura del miedo para controlar al personal, estas formas, y otras parecidas, más allá de hacernos poderosos y fuertes, nos debilitan, menoscaban capacidades y horadan el camino hacia el futuro.

 


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